sábado, 7 de febrero de 2009

Campaña de validación SMOS

Era la cuarta y última jornada de mediciones.

Todas empezaban de la misma forma. Con el cielo mostrando sus últimos tonos azulados por el oeste, caminaba recorriendo las estrechas calles en dirección a la universidad, llevando dos calcetines en cada pie bajo unas buenas botas, un jersey de cuello alto con cremallera aún abierta, la mochila sujeta a mi espalda y un abrigo bajo el brazo. Había que ir preparado para lo que sería otra noche casi completa en el campo de viñedos.

Tras unos diez minutos llegué a los alrededores de la universidad y fui rodeando el recinto del campus, mientras observaba los cimientos de una nueva edificación inacabada iluminados por focos, que junto a las farolas que parecían diseñadas adrede para provocar más contaminación lumínica, prácticamente impedían ver cómo las estrellas más brillantes comenzaban a hacer aparición en la bóveda celeste.

Era la noche del 1 de mayo. Cuando llegué al punto de reunión, la fecha se reflejaba en el número de personas presentes, bastante menor que las otras noches. Me preguntaba si seríamos suficientes para realizar el trabajo esta vez, aunque por otra parte era comprensible que no todos sacrificasen un día de puente para dedicarse a la investigación. Tras ir a que me apuntasen como presente, traté de localizar a mi equipo. Originalmente el grupo completo constaba de unas cien personas organizadas en veinte equipos, cada uno con un estudiante de Físicas voluntario, dos de Ciencias Medioambientales que contaban el trabajo como práctica en empresa, y una persona directa o cercanamente relacionada con el proyecto.

El proyecto. En esas cuatro noches estábamos participando en la futura misión espacial SMOS de la Agencia Espacial Europea, dedicándonos a lo que sería el ensayo del proceso de validación de los datos que tomará el satélite cuando esté operativo. Para ello, se mediría la humedad del suelo, tanto mediante una sonda de humedad electrónica como tomando muestras de tierra para su análisis directo posteriormente, en una gran cantidad de puntos de una zona de 100 km cuadrados cerca de Utiel antes de amanecer, para comparar después esos datos con los de instrumentos similares a los de SMOS montados en un avión que sobrevolaría toda la zona sobre las 6 de la mañana. Podía resultar duro, pero tenía algunas ventajas que hacían que mereciese la pena. Recordé una de las primeras cosas que me vinieron a la cabeza cuando unos días antes de empezar hicimos una visita diurna a la zona para conocer el terreno y aprender a utilizar el instrumental: en ese lugar, rodeado por kilómetros de cultivos y alejado de grandes núcleos de población… debía haber un cielo nocturno increíble. Iba a ser una pena tener que estar pendiente precisamente del suelo, con esas posibilidades sobre mi cabeza.

Pronto di con dos de los tres integrantes del equipo: el jefe de grupo, que partiría antes con su coche, y una de las dos estudiantes de medioambientales, paradójicamente la que menos señales daba de pensar acudir esta vez. No estaba mal; tal vez el conductor podría ayudar a meter en bolsas las muestras de suelo y así realizar toda la tarea sin inconvenientes. Volví a dirigir la vista hacia el cielo. Orión estaba ya ocultándose bajo el horizonte, pero podían verse dos planetas aún brillantes: nuestro vecino Marte se encontraba alineado con las estrellas de los gemelos Castor y Póllux, mientras que más alto sobre la eclíptica, Saturno acompañaba a la estrella Regulus en la constelación de Leo. Pronto localicé a Sirio, la estrella más brillante del firmamento después del Sol, que seguía a Orión en su descenso. Disfruté de las vistas mientras charlaba con los compañeros. Parecía que esta vez el tiempo iba a acompañar, y podría disfrutar del último día en aquel oscuro paraje.

Tras unos minutos llegaron los todoterrenos. Vehículos cedidos por VAERSA, o pertenecientes al CIDE, e incluso uno de la Brigada de Control de Plagas, eran nuestro transporte hacia la zona y durante todas las horas que duraban las mediciones. Cada equipo localizó el que llevaba su número y fuimos entrando en ellos, mientras algunos ya empezaban a partir. Los más de 20 vehículos formaban un convoy que debía de ser la mayor parte del tráfico en la autovía hacia Utiel en esos momentos. Me puse a contemplar el exterior, como es costumbre en mí. Se iban viendo cada vez más estrellas conforme nos alejábamos de la zona urbanizada, aunque sabía que desde dentro del coche no vería mucho. Como cada noche, atravesamos un tramo de carretera desde el que podían verse unas luces rojas en lo que parecía el aire a varios metros sobre la parte más alta de los montes a nuestra izquierda y nuestra derecha. Al principio me sorprendieron, pero pronto caí en la cuenta de que no se trataba de otra cosa que los aerogeneradores que había por la zona; esa luz era lo único visible de ellos en la oscuridad. Cuando los dejamos atrás recordé una escena que pude presenciar la primera noche que íbamos a tomar medidas. Ese día salimos algo antes, y Orión estaba aún a medio ocultarse cuando circulábamos por un tramo recto sin ninguna montaña delante: era como si nos dirigiéramos directamente al centro de la constelación, justo enfrente nuestro, y con la mitad superior aún sobre el horizonte. Fue una visión impresionante, aunque estoy seguro de que nadie más se fijó en el detalle.

Una hora de trayecto después, llegamos al bar donde nos daban los bocadillos de cena, y donde se podía estar otro rato con el resto de compañeros. Tras un poco de charla con los amigos de clase a quienes seguramente no veríamos hasta la semana siguiente, nos dirigimos hacia el pueblo donde recogíamos el material que usaríamos por última vez para la campaña de medición. Consistía en una caja cuyo contenido eran unos guantes gruesos de jardinero, chalecos reflectantes para encontrarnos en la oscuridad y linternas para la frente, la sonda de humedad con un voltímetro y pilas de recambio, los cilindros metálicos y la paleta para recoger muestras, bolsas de plástico para guardarlas, el GPS para conocer la posición exacta de cada medida, el mapa de las paradas, el cuaderno para registrar todos los datos… y una enorme tableta de chocolate de la que iríamos dando cuenta poco a poco. Comprobamos que no faltase nada, y por fin, partimos hacia el campo. Allí la oscuridad parecía sólo rota por los faros del coche y las linternas de nuestras frentes, pero aún me resultaba demasiada luz para poder disfrutar completamente de esa jornada. Un poco antes había tomado una decisión para mantener mis ojos lo más acostumbrados posible a la oscuridad: sin importarme lo que pudieran pensar mis compañeros, estaría con los ojos cerrados todos los trayectos en coche para no recibir luz de los faros, apenas encendería mi propia linterna, y me agacharía yo a tomar todas las medidas de la sonda mientras el jefe de grupo apuntaba los datos.

En las dos primeras paradas parecía que el ritmo iba a nuestro favor. Tan sólo tardamos unos 4 minutos en tomar todas las muestras y mediciones, y además podía ver bastantes estrellas cuando nos desplazábamos de un punto de medida a otro. Sin embargo, en la siguiente no iba a ser tan sencillo. La maldita parada número tres: un terreno sin labrar lleno de matorrales y en el que apenas había lugares donde clavar las puntas metálicas de la sonda de humedad de mil euros sin forzarla para que no resultase dañada. Veinte minutos tardamos en tomar las siete medidas con dicho aparato, y toda mi sensibilidad a la oscuridad quedó otra vez reducida. Pero por fin terminamos, y partimos a la siguiente. Yo repetí el proceso, y no abrí apenas los ojos en el trayecto.

Cada vez era capaz de ver más y más estrellas y a reconocer gran número de constelaciones. Era increíble cómo la Osa Mayor y la Menor marcaban claramente dónde estaba el norte, y la facilidad que había para distinguirlas en el cielo. Supuse que en tiempos antiguos, cuando no había luces distribuidas masivamente que empañasen esa visión, sería difícil no saber orientarse de noche en campo abierto. La cantidad de estrellas que podían divisarse empezaba a superar todo lo que había visto hasta entonces, y pese a no haber luna, éstas y el débil resplandor azulado que aún había en el cielo eran suficientes, junto con las luces de las linternas apuntando en dirección contraria a unos diez metros de mí, para caminar sin tropezar con ningún obstáculo entre los guijarros y la tierra. Al pasar el tiempo, conforme mi visión se hacía más y más sensible empecé a distinguir la Vía Láctea cruzando el cielo. Durante la noche pude encontrar por fin la constelación Corona Borealis a simple vista, cosa que nunca había logrado antes, confundiéndo sus estrellas con otras… Incluso llegó un momento en que me llamó la atención una agrupación estelar que no sabía que hubiera ahí. Era como si se tratara de un cúmulo abierto, pero era demasiado grande, parecía estar demasiado cerca, algo demasiado llamativo para que nunca lo hubiera visto, ya que se encontraba relativamente próximo a la Osa Mayor. Descubría cosas en ese cielo tan oscuro que deberían poder verse desde cualquier lugar, y no era así debido a la contaminación lumínica. ¿Acababa de pasar una estrella fugaz justo en el zenit? Tal vez, no estaba seguro.

Seguí observando el cielo entre medida y medida, y cuando eran alrededor de las cuatro empecé a buscar a Júpiter. Sabía que se encontraba en la cúpula celeste cerca de la zona central de nuestra galaxia en esos momentos, en la constelación de Sagitario, y se podía ver que su blanco brillo superaba en magnitud a Arcturus, una estrella que se confundía fácilmente con un planeta de no ser por su localización en el cielo. Realmente deseé tener a mano aunque fueran unos prismáticos para poder ver sus lunas, pero qué le iba a hacer. Esa noche estábamos allí para tomar medidas del suelo, de modo que tendría que tratar de encontrar un cielo así otro día para poder disfrutarlo como se merece. Sin embargo no podía dejar de mirarlo. Había miles y miles de estrellas, y la visión de nuestra galaxia cada vez más alta en el horizonte era impresionante. Recordaba la primera vez que conseguí distinguirla, y no era más que una banda borrosa cruzando el cielo, pero esta vez era distinto. Se podía ver claramente la mayor densidad de estrellas. Podían incluso distinguirse detalles en su estructura. Distinguía las nubes de polvo que ocultaban zonas de mayor resplandor, veía detalles que creía que sólo eran apreciables en fotos de larga exposición, pero que resultaban ser visibles a simple vista, si uno se encontraba bajo un cielo verdaderamente oscuro. Era la mejor Vía Láctea que había podido contemplar en toda mi vida.

El tiempo pasaba, y el trabajo seguía a buen ritmo. La Osa Menor y la Mayor, junto con Casiopea, giraban en torno a la estrella polar de forma apreciable, y yo había conseguido ver unas cinco estrellas fugaces, esta vez seguro de que lo eran. Ya quedaban pocas paradas de las treinta y cinco, y parecía que íbamos a terminar antes que los otros tres días. Con las medidas de la última parcela nuestro estado empezaba a ser eufórico. Ya terminaba todo, y además con media hora de adelanto respecto al día anterior. Ni siquiera había pasado el avión científico aún, y puede que ni siquiera lo oyésemos estando de vuelta en el pueblo. El primero de los días no ocurrió así, y me sonreí al pensarlo. En un principio teníamos que tomar doce medidas de sonda de humedad en cada una de la treintena de paradas, y el trabajo acabó llevando tanto tiempo que no sólo oímos las persistentes pasadas del aeroplano de madrugada, sino que amaneció con nosotros allí, la Luna casi llena se ocultó bajo el horizonte, y no fue hasta las 8 de la mañana cuando terminamos. Para la siguiente ocasión el número de medidas de sonda se había reducido a sólo 7, que resultó ser un número mucho más manejable.

Al fin, terminamos la última de las tres medidas, del último de los 7 puntos, de la última de las 35 paradas… y nos dirigimos de vuelta definitiva hacia el coche. Mis compañeros estaban contentos de poder ir pronto a dormir, y yo sonreí mientras echaba un último vistazo al cielo, para descubrir justo encima de una colina al delgado menguante de la Luna asomando sobre ella. Un buen detalle de despedida, que me recordaba cuánto había valido la pena esa "gran matada", como nos referíamos de broma a toda la operación nocturna. Esperaba volver a disfrutar pronto de un cielo como el que había visto esa noche.

Algún día lo conseguiría.


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Para quien quiera saber más sobre la misión espacial y la validación de medidas, basta con seguir los enlaces del texto. Incluso puede vérseme a mí en esta foto en la página oficial de la ESA, donde se ve a mis dos compañeras en uno de los tres primeros días. Yo soy el dueño del brazo que sujeta el voltímetro a la izquierda de la imagen.
El jueves 11 y el día 13 de diciembre, el canal Punt 2 de TVV emitió un programa sobre esta actividad, y se podía ver en su página web, pero parece que ya no lo tienen. Trataré de subirlo a YouTube en unos días y actualizaré la entrada.