domingo, 7 de noviembre de 2010

Un duro golpe a la esperanza. 1ª Parte.

Descubrimiento

Habían sido unas décadas de prosperidad. Algunos empezaban a referirse a ellas como "la edad de oro" del progreso humano en toda la historia reciente, remontándose varios siglos en el pasado. Y todo gracias a una pequeña estrella, no muy diferente de nuestro Sol, a más de cien años luz de distancia. Cuando uno se paraba a pensarlo, resultaba increíble cómo aquel pequeño punto de luz había ejercido una influencia tan poderosa en el rumbo que tomaba la Humanidad. Un punto entre muchos, que un siglo antes no hubiera revestido ni la más mínima importancia entre los cientos de miles de su clase en todo el cielo nocturno. Pero este punto, sólo este en concreto, resultó ser especial.

Todo empezó con un seguimiento automatizado, uno entre varios, de las variaciones de brillo de gran número de estrellas en amplias regiones del cielo. El objetivo, detectar los pasos de planetas frente a ellas en caso de que sus órbitas estuviesen alineadas con nuestro sistema solar. Y esta estrella era una de las que cumplían estas condiciones. Fue una de las que por unos momentos fue parcialmente ocultada por un gigante gaseoso en su órbita, y registrada como tal. Pero al contrario que en otras, este evento no volvería a repetirse días o semanas más tarde, ni siquiera en meses. Este planeta no había migrado hacia el interior de su sistema para quedar sometido a temperaturas capaces de fundir metales por la cercanía a su estrella, sino que permaneció a una distancia prudencial desde su formación. Casi catorce años terrestres fueron necesarios para que este lejano sol volviese a ser eclipsado por el gigante, pero para entonces los ojos de la humanidad ya estaban vueltos por completo hacia esta región del cielo.

Mientras el coloso seguía su camino impasible regido por las leyes de la mecánica celeste, cambios de brillo y velocidad radial de mucha menor magnitud habían empezado a atraer la atención. Unos cuantos planetas mucho menores orbitaban la estrella en el interior del sistema, con órbitas de entre unos meses a un par de años. Pequeños planetas rocosos en mitad de lo que se consideraba la zona de habitabilidad, justo donde se esperaría encontrar una nueva Tierra, y cuyas masas no eran desproporcionadas. Cuerpos de este tipo empezaban a encontrarse en torno a varios astros, constituyendo los primeros pasos para responder una de las grandes preguntas de la historia. Cuando la sensibilidad de los espectrómetros aumentó lo suficiente, el estudio de sus atmósferas y composición no se hizo esperar, y fue entonces cuando la visión del puesto del mundo de origen de la humanidad en el cosmos empezó a cambiar para siempre. Durante décadas se había llevado a cabo una búsqueda con la esperanza de saber si la vida era posible en mundos diferentes al nuestro, tanto en el Sistema Solar como en otros, y tras tanto tiempo por fin había sido fructífera.

Resultó que no sólo uno, sino dos de los mundos de aquel lejano sistema bullían de vida. Las líneas de sus espectros eran claras, mostrando los ingredientes que formaban sus atmósferas sin lugar a equívoco, pero la interpretación de estas composiciones resultó en un principio perturbadora: no había forma de que procesos geológicos o inorgánicos conocidos o predichos pudieran mantener semejante desequilibrio químico. Pese a que la existencia de vida extraterrestre era la explicación más sencilla para este fenómeno, el encontrarla por primera vez en la historia en semejante abundancia y con tal nivel de desarrollo era algo tan difícil de aceptar por la mentalidad humana que se necesitaron años de comprobaciones y descarte de propuestas alternativas antes de dar por definitivo el descubrimiento. Pero una vez hecho, y superado el shock y el increíble revuelo inicial, la noticia fue aceptada más como una confirmación que como un hallazgo inesperado. Al igual que el primer descubrimiento de un planeta extrasolar en los últimos años del siglo anterior, éste había sido precedido por décadas de relatos e historias en las que se tomaba como algo dado por sentado, a la espera de que la mejora instrumental pusiera los hechos de su parte. La Tierra no era única en el Universo.



Este descubrimiento, sin embargo, traía consigo consecuencias que aún resultaban difíciles de asimilar. La relativa cercanía de la estrella, a apenas un parpadeo a escala cósmica, junto con la exuberancia de su sistema, parecían alimentar la hipótesis de que la vida se extendía por toda la galaxia. ¿Sería posible que la cercanía de dos sistemas solares con vida tan floreciente fuese sólo una increíble anomalía estadística? Parecía poco probable. Y así se reflejó en el desarrollo espacial en los años posteriores. Nuevos telescopios orbitales con mayores capacidades fueron lanzados, realizando un concienzudo escrutinio del cielo en busca de otros mundos llenos de posibilidades evolutivas. Algunos candidatos serían descubiertos con el tiempo, pero todos distaban mucho de ser tan claros y concluyentes. Mientras tanto, las mejoras en la instrumentación y los nuevos interferómetros permitieron seguir estudiando ese primer sistema, en el que la medición de la velocidad radial, de su curva de luz e incluso la imagen directa, permitieron descubrir un par más de gigantes gaseosos exteriores, y afinar las órbitas y tamaños de los ya conocidos.

Mientras las agencias espaciales aprovechaban el renovado interés para obtener una mejor y necesaria financiación, y la astrobiología se revolucionaba gracias a ello estudiando los primeros datos conocidos de lo que era verdaderamente su campo, la comunidad de astrónomos aficionados se multiplicó enormemente. Muchos eran los que querían echar un vistazo a esta estrella, y con cada vez un número mayor de personas en posesión de equipo que nada tenía que envidiar a modestos observatorios profesionales de una década atrás, los datos disponibles sobre este vecino sistema eran abundantes.

Fueron los mejores de estos datos, junto con los últimos avances en las tecnologías de observación profesionales, los que ayudarían a resolver uno de los pequeños misterios que planteaba este sistema. En ocasiones se detectaba lo que parecían tránsitos de objetos solitarios del tamaño de lunas planetarias, que ya empezaban a poder ser observadas, que no se correspondían con un desplazamiento Doppler de la estrella en consecuencia. Entre otras cosas se especuló que podría tratarse de pequeñas manchas solares, pero sus pasos por delante del brillante astro eran de una duración demasiado corta, y no tenían la variabilidad que se esperaría de tratarse de algo así. En cambio, lo que sí pudo medirse fue que la forma en la que ocultaban la luz de su sol presentaba desviaciones de lo que se esperaría si estos cuerpos fueran esféricos. Las sospechas de la comunidad científica, a la que cada vez le resultaba más complicado ser cautelosa antes de saltar a conclusiones que podrían calificarse de exóticas, fueron aumentando con el paso de los años, a medida que se confirmaba otra característica que presentaba un subgrupo de estos objetos. De una forma no explicable mediante la interacción gravitatoria, sus órbitas habían variado notablemente entre tránsito y tránsito.

Los científicos no se equivocaron cuando cambiaron la denominación de estos objetos. Gigantescas estructuras cuyo origen no podía ser natural orbitaban aquel sistema. Y algún tipo de civilización las estaba utilizando.


Sólo se podía especular sobre la función que podían desempeñar esas estructuras, pero había algo que sí estaba claro. Nos encontrábamos ante una muestra de inteligencia extraterrestre, y con un nivel tecnológico más avanzado que el humano, visible con nuestros instrumentos. La noticia tocó algo sensible en el espíritu de la humanidad, y las preguntas se multiplicaban. ¿Sabrían ellos de nuestra existencia? Era poco probable. La última luz que les habría llegado de nuestro sistema, del que partió hace más de un siglo, apenas habría empezado a mostrar los intensos cambios que produciría posteriormente nuestra especie en el planeta. Además era imposible ver un tránsito de la Tierra y el Sol desde su posición, por lo que el estudio de las características de la abundante vida terrestre sería más complicado, pero tal vez para su nivel tecnológico éstos no fueran grandes inconvenientes. Sin embargo, pese a todo esto, el dato que cautivó más mentes y apareció en bastantes más titulares era algo distinto: si no se habían perdido entre las variaciones del ruido de fondo, nuestras primeras emisiones de radio, radar y televisión llegarían a su sistema dentro de sólo unas décadas.

¿Serían sus hipotéticos habitantes capaces de recibir e interpretar estas señales? Y de ser así, ¿habría una respuesta? ¿Podríamos recibir la primera transmisión extraterrestre tras una espera inferior a los dos siglos? Había gente que opinaba que sí, y si los avances contra el envejecimiento continuaban desarrollándose a este ritmo, algunos podrían llegar a vivirlo. Y querían verlo. Era cierto que nunca se había recibido una señal de radio discernible desde aquel sistema, pero la humanidad misma estaba dejando de ser detectable en esas ondas con el cambio a lenguajes de transmisión digitales. Allí podría haber ocurrido algo semejante. De fondo, no obstante, había una cuestión más importante. De la misma forma en que sólo podríamos ser vistos tal y como éramos un siglo atrás, la luz que nos llegaba de aquel sistema tenía idéntico retraso. Quién sabía cuál sería el nivel tecnológico de aquella civilización cuando fueran conscientes de nuestra presencia. Si habían desarrollado el viaje interestelar, era incluso posible que se produjera un encuentro en un futuro. ¿En qué posición estaríamos? Era evidente que llevaban mucha ventaja por delante, la suficiente como para que no les resultase nada difícil someternos o eliminarnos si fuese considerado conveniente.

Sin embargo eso no nos amedrentó. Más bien al contrario, la tecnología espacial empezó a desarrollarse con más impulso que el que el descubrimiento de vida extrasolar le había proporcionado inicialmente. Tal vez fuese esta especie de competencia no proclamada oficialmente, pero presente como una posibilidad en los pensamientos de muchas personas, lo que había faltado en las décadas anteriores para que el ser humano se expandiera por el Sistema Solar. En poco tiempo el número de misiones y estaciones espaciales aumentó, y la Luna empezó a ser pisada de nuevo de cara a establecer colonias permanentes. Pero lo más importante de ello fue el grado de colaboración internacional que se estaba alcanzando en estos proyectos. Parecía que el gran descubrimiento de una civilización distinta había surgido otro efecto en la percepción humana: consciente o inconscientemente, se asumió el concepto de la humanidad como "nuestra civilización", a la que todos pertenecíamos sin distinción. Las asperezas y antiguas rivalidades entre potencias parecían estar pasando a un segundo plano, frente al progreso mutuo que la especie estaba logrando en este insignificante rincón del Cosmos. Y los avances eran notables. La colonización del espacio repercutía con mejoras sobre el nivel de vida, mientras que la presión sobre los preciados ecosistemas de la Tierra empezaba a disminuir. Seres humanos pisaron Marte, y vida microbiana acabó por ser descubierta en el planeta rojo, tan cerca pero paradójicamente nunca vista hasta entonces, aumentando el convencimiento de que la vida abundaba en toda la galaxia. Más misiones para buscarla en cualquiera de sus formas fueron enviadas a Venus y los planetas exteriores, haciendo gala del optimismo resultante de haberla encontrado repartida en las estrellas.

Mientras la humanidad desarrollaba sus propias estructuras espaciales en la forma de hábitats, centrales de energía y velas solares, mantenía sus ojos en el cielo. La estrella con la que había empezado todo era escudriñada constantemente para ver qué más se podría aprender de sus habitantes. Las técnicas fotométricas ya permitían incluso obtener rudimentarios mapas de la superficie de sus planetas, e incluso se estaba proponiendo seriamente enviar un gran telescopio espacial al punto en el que el Sol enfocaba gravitacionalmente la luz de aquel lejano sistema, lo que permitiría analizarlo con un nivel de detalle sin precedentes.

Y es que había una lección que se había aprendido observando los movimientos de aquellos seres. Una lección quizás más importante que ninguna otra, y cuya influencia se notaba en muchos de los grandes acontecimientos de esos últimos años. Una lección que llenaba de esperanza a una especie que había vivido en la incertidumbre de la posibilidad de autodestrucción en el siglo anterior. El poder ver una civilización mucho más avanzada medrando en otro sistema era la prueba de que la adolescencia tecnológica que varias veces estuvo a punto de exterminar nuestra cultura podía superarse.

Nuestra supervivencia, y la expansión de nuestro legado por el Cosmos, eran posibles.



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Para saber más:

La enciclopedia de los planetas extrasolares

Eureka: Sistemas exoplanetarios

How lucky would Kepler have to be to see us?

The far future of exoplanet direct characterization


Neil DeGrasse Tyson sobre la posibilidad de detección de las señales de radio terrestres

La Orilla Cósmica: Velocidad de escape de la longevidad

La Orilla Cósmica: Salvar la Tierra colonizando el espacio

Entradas en La Orilla Cósmica sobre colonias y hábitats espaciales

La Orilla Cósmica: IKAROS y LIGHTSAIL (Velas solares)

Eureka: Mapas de otros mundos

The FOCAL Mision: To the Sun's Gravity Lens

Eureka: Cómo detectar vida más allá del Sistema Solar


8 comentarios:

  1. Viendo que el optimismo patente en esta parte del relato no tiene nada que ver con el titulo, sospecho que la segunda va a dar un giro radical...

    Dos planetas con señales de vida en un mismo sistema? El segundo no sera un planeta terraformado, no?jeje

    A veces dudo que en caso de darse tal descubrimiento, de si la emocion y la ebullencia daria un avance increible en la exploracion espacial, o si tras un par de años de emocion pasaria al olvido tras un nuevo mundial de futbol, para que despues empezase el rumor de que fue un fraude estilo Apollo 11.

    Me ha gustado mucho relato, me quedo con ganas de la segunda parte.
    Me quedan pendientes una par de entradas mas para esta semana ;)

    Gracias por el enlace.

    Un saludo

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  2. Estaba esperando a ver qué opinabas :D

    ¡Y tus comentarios son muy acertados! En efecto, es posible que el segundo de los planetas sea terraformado, es una de las opciones que barajé. Pero también podría ocurrir que por la distribución de las órbitas ambos cayesen en la zona habitable. Imagínate qué montón de posibilidades surgirían para la especie (¿las especies?) inteligente que se desarrollase en ese sistema. Dos planetas con una vida y caminos evolutivos muy diferentes, casi con el doble de posibilidades de experimentación y diseños que imitar con la tecnología… puede que dos códigos genéticos diferentes con los que experimentar… Tanto la posibilidad de terraformación como la otra son increíbles.

    En el caso que se da en esta historia, fíjate en que los descubrimientos se van sucediendo, cada uno casi tan excitante como el anterior. Primero el descubrimiento de vida extrasolar, luego de una civilización, la especulación científica de un posible encuentro es amplificada por los medios, se descubre lo que parece ser también vida en otros sistemas… Y además el impulso que da esto al interés de la gente por la ciencia parece que haría que muchos más jóvenes se dedicasen a esto… y el desarrollo tecnológico está aumentando el nivel de vida. Tal vez un escenario como el descrito sea posible, quién sabe. Se puede ser optimista :)

    Gracias por el comentario! Espero poder desarrollar la segunda parte pronto. Si la tuviera lista dentro de una semana sería genial, ya veremos.

    Y respecto al enlace, si no hubiera sido por tu blog muchas de las ideas que apliqué a este relato no las hubiera conocido, así que con mucho gusto! (Creo que añadiré algún enlace más, que las referencias las he puesto algo deprisa, no las tenía todas anotadas :P)

    Un saludo!

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  3. Muy bueno. Opino como Gouki...¡QUiero más! ;-)

    En serio, el estilo de la narración está muy logrado, felicidades.

    Un saludo.

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  4. Yo me pregunto que pasara cuando dos civilizaciones sepan una de la otra. Suponiendo no agresividad, ¿Como lo harian? ¿Algun emisario en persona, ¿se limitaran a compartir informacion sin llegar entrar en contacto?

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  5. Aquí uno más esperando la siguiente parte !

    100 años luz ! Ya cuesta mantener conversaciones con lag de unos segundos !!! Lo dicho, a la espera quedo

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  6. Hacía tiempo que no pasaba por aquí, pero vaya, no has perdido el tiempo (como yo...).

    Me ha gustado, y a ver la segunda parte qué tal. Un saludo!

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  7. Daniel: ¡Muchas gracias! :)

    Gouki: Sinceramente, lo he intentado, pero no encuentro una forma de responder a tu pregunta sin desvelar nada de la segunda parte… ¿Lo debatimos luego? :P

    Raven y G de Galleta: ¡Gracias!

    La verdad es que el plan inicial era tratar de terminar la segunda parte en la semana siguiente a la publicación de la primera. Por ello quería tenerlas las dos escritas antes de poner nada en el blog. Sin embargo, me encontré en el día de Sagan con la primera parte terminada y sin esperar ninguna modificación más… Así que no pude resistirme. Y ahora, como la ley de Murphy dicta, me encuentro liado con cosas de repente y bajo de inspiración para escribir :S

    Pero espero que la situación cambie pronto! Un saludo!

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  8. Chapeau!!

    Por cierto, esto da para una saga de ciencia ficción, tú mismo lo has dicho, hay muchas posibilidades con las que experimentar.

    Sigue así, un abrazo!

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